Graffiti mortal

Graffiti es la pintura que algunos dejan en paredes, vagones de metro y trenes, o en cualquier lugar donde les apetezca, eso sí, que sea público y de todos; aunque tampoco hacen ascos a las propiedades privadas. La permisividad para con ellos es, posiblemente, la parte peor del problema.

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Hace pocos días moría arrollado por el metro de Londres Alberto Fresneda, hijo mediano –era el segundo de tres– del periodista Carlos Fresneda, corresponsal de El Mundo en la capital británica. El difunto tenía 19 años; junto a él murieron también dos jóvenes ingleses, ambos de 23 años, que le acompañaban. Noticia sin duda trágica. Vaya por delante nuestro sentido y sincero pésame a las familias, en especial a la española.

¿Pero qué estaban haciendo para que pudiera ocurrir tan funesto hecho? Como era su costumbre, una vez más, cerca de la media noche se habían reunido para pintar graffitis, en este caso en los túneles del metro o en sus vagones. Al parecer eligieron una zona especialmente peligrosa y un convoy los arrolló.

Y la siguiente pregunta tiene que ser ¿qué pasa por la cabeza de unos jóvenes, por la de sus padres y por la de esta sociedad para que hechos como este y muy parecidos se puedan producir? Los padres sabían de la afición de sus hijos a manchar y ensuciar las paredes de las calles y los vagones del metro con estúpidas pinturas sólo propias de cavernícolas; lo sabían y les dejaban; los jóvenes se iban a hacer la gracia y luego volvían a cenar como si tal cosa… menos esta vez.

¿Qué educación se está dando a aquellos de los que depende nuestro futuro? ¿Por qué se les permite incluso tener por afición cometer una falta tipificada en las leyes por lo que supone de deterioro de bienes privados o públicos, emborronando las paredes de casas o de instituciones, las vallas, los vagones de trenes y metros, etc., etc. con mamarrachadas? ¿Qué pasa por la cabeza de esos padres que tan poco respeto tienen por sus hijos y por los demás? ¿Qué civilización decadente, mediocre, ociosa, aberrante es esta que todo lo permite y todo lo acepta? ¿Qué de esta sociedad que ha destruido hasta el tuétano el mínimo concepto de autoridad, responsabilidad, respeto, disciplina, sacrificio, orden, honradez, decencia y un largo etcétera?

¿Cómo es posible que jóvenes de 19 y 23 años –ni de cualquier otra edad– tengan por afición manchar lo que no sólo no es suyo, sino que es de todos? ¿Por qué no se dedicaban a estudiar y/o a trabajar? ¿Por qué no a divertirse leyendo, haciendo deporte o de cualquier otra forma sana? ¿Por qué no a decidir casarse para toda la vida, formar una familia, criar unos hijos y educarles para que el día de mañana fueran honrados, decentes y trabajadores? ¿Qué distracción y malsana afición es esa de ir dejando escupitajos de pintura por los bienes que son de todos? ¿Qué gran hazaña, qué gran mérito, qué vanidad más estúpida, qué despropósito y vaciedad la de pintarrajear paredes y vagones? Y peor aún jugándose la vida. ¿Tan poco valoraban sus padres a ellos y ellos a sí mismos? ¿No les importaba a los padres que sus hijos fueran por ahí dedicando tiempo y dinero a fastidiar a los demás? ¿Por qué no ejercieron toda su autoridad para impedirlo desde el primer brote de tan insana afición?

Más aún. Si leen el artículo que le ha dedicado El Mundo al hecho (AQUÍ) se queda uno estupefacto. Además de una sensiblería penosa, patética, cursi y vomitiva, todo él es una alabanza a los fallecidos, un canto a su «arte», un ponerles por la nubes, impregnarles en incienso y desearles, prácticamente, que sigan dónde estén manchando paredes, si es que las hay. Pero de censurar su ilegal actividad, acordarse del daño y el gasto que conlleva la misma para todos los que pagan impuestos, el haber sido activos impulsores del afeamiento de las ciudades, el haber colaborado a ese feísmo que nos anega cuando paseamos por aquí y por allí, nada de nada; tal vez porque el autor del artículo o ha sido teledirigido o ha caído víctima de ese vicio que se llama corporativismo o amiguismo, tan español por otro lado, polo opuesto al compañerismo y a la verdadera amistad. Ni una palabra de reproche ni a los fallecidos por su constante trasgresión de la ley y su falta absoluta de respeto a los demás, ni tampoco a los padres por no haber querido o sabido educarles como es debido.

La conclusión de lo que ya no tiene remedio la debemos sacar los demás y es muy clara: tenemos que corregir urgentemente esta locura, hay que retomar las riendas, combatir hasta expulsar de nuestra sociedad a todos los que hacen de la permisividad el pan nuestro de cada día, de los que nadan en la demagogia en la que los demás no ahogamos, sean quienes sean y del color que sean, porque nos va la vida, sí, ya lo ven, la vida propia y la de los nuestros en ello, si es que, claro, la estimamos en algo. De no corregir ya y sin contemplaciones desapareceremos del mapa aplastados por los bárbaros como les ocurrió a los romanos, porque aunque sean bárbaros, mantienen sólidamente los parámetros que desde los comienzos de la Humanidad han sostenido a las civilizaciones con independencia de su cultura.

 


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