Una de las bazas que con más siduidad esgrimen los abortistas para justificarse es afirmar que el feto no es persona. Neutralizar con argumentos tal absurdo es lo que hace en este artículo el profesor británico Anthony McCarthy, especialista en ética de la Sociedad para la Protección de Niños No Nacidos, y académico del Instituto Teológico Internacional de Trumau, Austria.

 Por Anthony McArthy

Brendan O’Neill, en su artículo El infantilismo moral de los pro-vida, afirma que los anti-abortistas (pro-vida) «nunca dicen feto». Eso no es cierto: muchos autores anti-abortistas no son reacios a usar tal término, sino que incluso lo hacen coexistir adecuadamente con el de «bebé». Sólo con echar una mirada aún superficial a la literatura anti-abortistas más reciente se observan multitud de referencias a los fetos como fetos.

El problema para los anti-abortistas no es realmente el término feto, sino el hecho de que tal palabra es mayormente un término clínico (frío); de ahí también, por el contrario, su elección preferente por la mayoría de los abortistas a fin de evitar términos más «humanos» (sentimentales) como «bebé» o «niño por nacer» que saben que no les beneficia. Por desgracia, en esta ocasión el latín triunfa sobre las lenguas vernáculas en favor de los que desean imponer sus preferencias abortivas en un asunto tan vergonzoso del actual panorama humano como es el del aborto.

Sin embargo, la pregunta que hay que hacer, la clave, al reflexionar sobre el aborto es si realmente el nasciturus, el aún no nacido, es un feto.

¿Soy el mismo ser vivo que el feto, y si es así, siempre tuve mi derecho moral a no ser deliberadamente asesinado? Lo que sigue es innegable: en el momento de mi concepción, un espermatozoide de mi padre fertilizó un óvulo de mi madre. Aunque contenía ADN de mi madre y de mi padre, el nuevo ser viviente era genéticamente distinto y no formaba parte de ninguno de los padres, y menos aún de ambos. Tampoco me comportaba como una parte de ninguno de mis padres, sino que me comportaba como lo que era: una entidad viviente completamente nueva cuyo funcionamiento estaba dirigido a mi propio bienestar y supervivencia, interactuando armoniosamente con el apoyo que mi madre me brindaba hasta que tuve la edad suficiente para nacer. Si observamos el desarrollo gradual de ese ser vivo: feto, recién nacido, niño pequeño, adolescente y adulto, vemos un desarrollo continuo. No hay descansos ni lapsus ni retrocesos.

En palabras de Alexander Pruss (EE.UU. 1973, matemático y filósofo católico) «si un organismo que una vez existió nunca ha muerto, entonces este organismo todavía existe». Dado que el ser corporal desde la concepción no desapareció ni murió, y todo yo provenía de ese ser, sólo podemos concluir que el ser corporal simplemente soy yo y siempre lo fui. Ese ser no murió, ni lo reemplacé (a él) en ningún momento.

Ahora bien, parece que la única forma de oponerse a tal argumento es afirmando que yo y mi cuerpo viviente somos dos cosas separadas, así que el feto que creció para ser mi cuerpo vivo no era yo, porque mi cuerpo viviente no es lo que yo soy. Pero esto es claramente absurdo. No soy un simple espíritu incorpóreo. Estoy aquí, en este momento, como un ser humano encarnado. Por ejemplo, cuando hice el amor por última vez, no fue «mi cuerpo» el que hizo el amor, mientras que mi «verdadero ser» quedó en segundo plano. Mi cuerpo no es una mera propiedad de mi propiedad. Si me hablas, me sonríes o me golpeas, soy todo yo el que interactúa contigo, no un cuerpo humano separado.

Visto lo anterior, queda por analizar el argumento metafísico: abordar directamente qué, o más bien quién, es el feto.

O’Neill no toca tan importante asunto en absoluto, ni tampoco los problemas de ver la «personalidad» moral como algo adquirido y no innato para el individuo humano. Veamos lo que dijo alguien tan poco sospechoso como el filósofo pro-abortista Bernard Williams sobre el tema de la personalidad: «…si el feto aún no es una persona, tampoco lo es el bebé recién nacido; ni tampoco, si los requisitos de la personalidad se vuelven lo suficientemente sofisticados, los niños pequeños serán personas. Lo que es más, los seniles y otros adultos en condiciones defectuosas serán, según lo anterior, ex-personas o sub-personas… eliminar las restricciones para así justificar matar al feto (abortar), sería suficiente para eliminar las restricciones para matar a los otros no-personas…».

Más aún. O’Neill considera que el infanticidio, en cualquier caso, es inadmisible. La razón es que, como él mismo dice «…un niño puede ser protegido y cuidado sin interferir con la autonomía personal o moral de una mujer, no ocurriendo lo mismo con el feto. No hay nada que se pueda hacer a un feto que no implique interferir con la personalidad de la madre… un feto no puede existir independientemente de la madre…».

Pero, ¿qué hay de una mujer que vive sola en un área remota y que no quiere a su bebé, pero que no tiene a nadie a quien dar su bebé cuando nazca? ¿Por qué no puede cometer infanticidio nada más nacer el bebé si no lo puede entregar a nadie? Su «autonomía» y su «personalidad» (en la concepción de O’Neill de ambas) está seguramente muy comprometida en tales circunstancias, pues necesitará usar su cuerpo para alimentar y cuidar en todo a su hijo, dado que no hay nadie para hacerlo por ella. Después de todo, la justificación para el aborto a menudo se debe (tal vez no por O’Neill) más al deseo de no ser madre, que al de no quedarse embarazada.

En el futuro, si una mujer no quiere a su feto, ¿podría quizás sacarlo y colocarlo en un útero artificial? Imaginen un útero artificial que pueda cuidar al feto mucho antes del punto que en la actualidad se considera como viable. Presumiblemente ahora que el feto está vivo y fuera del útero de la mujer, y no depende de ella en ningún otro sentido físico, ¿no podría afirmarse en ese momento que su «personalidad» estaba siendo interferida en la forma en que O’Neill parece decirlo, es decir, físicamente?.

Entonces, ¿O’Neill protegería a los fetos en úteros artificiales de la decisión de su madre (o, para el caso, de su padre) de destruirlos para evitar las cargas de la paternidad? Tal vez negarle a la madre la opción de destruir el feto fuera de su cuerpo también sería irrazonable a los ojos de O’Neill, ya que esto significaría que «la vida del feto es más importante que la autonomía de la mujer». En ese caso, tendríamos derecho a matar al feto en un útero artificial, quizás incluso a los nueve meses, sólo para evitar las cargas de la paternidad. Prohibir la matanza de fetos en úteros artificiales quizás también «esclavice» a la mujer a la vista de O’Neill (aunque dado el elogio de O’Neill al fallecido Hugh Hefner –fundador de Playboy–, es un poco difícil tomar en serio la opinión de O’Neill sobre la autonomía de las mujeres).

En conclusión «La elección es la piedra angular de la vida moral. Ser forzado a hacer algo en contra de su voluntad… no es ser un ser moral». Quizás O’Neill no se ha dado cuenta de que tenemos leyes que nos obligan a no hacer ciertas cosas, incluyendo matar deliberadamente a inocentes, que las que abortan tan claramente hacen. Incluso tenemos leyes que requieren que hagamos ciertas cosas, como apoyar a nuestros propios hijos dependientes. Tales leyes, en general, han sido consideradas como moralmente necesarias, en lugar de arbitrarias y de alguna manera opuestas a la razón.

De hecho, tales leyes nos ayudan a darnos cuenta de que no somos animales, que somos seres humanos capaces de gran maldad e injusticia, y que la moralidad consiste en tomar decisiones que respeten el florecimiento de todos los seres humanos y no solo de algunos. O’Neill solo ve «imitación forzada» en tales leyes, pero tales leyes de hecho reflejan la realidad moral y metafísica del ser humano y de su dignidad inherente.

Mucha gente no querrá ver esa realidad por varias razones, incluidas las decisiones morales que ellos mismos pudieron haber tomado y que pudieron haber ayudado (aunque no por supuesto irreversiblemente) a formar su carácter y opiniones. La ley moral parecerá ser sólo opresiva para aquellos que presumen de tomar sus propias decisiones como el fundamento del valor moral. Sin embargo, hablar del acto de ejercer la elección moral, mientras se elogia la mera elección como moralmente valiosa, no es hablar de moralidad en absoluto.

Al reflexionar sobre el voto irlandés, sugerí que el sentimentalismo había jugado su mucha parte. Las constantes historias difundidas por los medios de comunicación sobre las irlandesas que viajan a Gran Bretaña para abortar fueron diseñadas para enternecer. Pero, ¿dónde fueron los sentimientos generados? ¿Fueron para ayudar a las mujeres a tener a sus bebés, de una manera que O’Neill menosprecia, pero que algunas mujeres aceptan con gratitud? ¿O simplemente condujeron a una reacción instintiva contra la prohibición del aborto, o sea, a favor del SÍ al aborto, mientras evitaron abordar lo que realmente está en juego en el embarazo y lo que supone la decisión de abortar?

Si los votantes irlandeses del SÍ hubieran superado su sentimentalismo (y su otra cara, el cinismo), hubieran comprendido que, sean cuales sean las etapas de la vida humana, esa vida es en todos los sentidos y siempre la vida de un ser humano. Una vez que nos damos cuenta de eso, tenemos una mejor idea de qué tipo de vida nos espera. El tipo de vida que dos tercios de los votantes irlandeses buscan enterrar junto con los fetos que su voto acaba de condenar.